Jon A. Nödtveidt dejó dos legados indiscutibles. El primero, musical. Con un talento compositivo sin par, moldeó a su gusto un híbrido entre los dos estilos predominantes a principios de los años 90, el death y el black metal. Le puso un nombre a ese estilo musical propio, y lo consagró al Satanismo, logrando la fusión completa de música e intención. Un bastión de autenticidad, algo a lo que la mayoría de sus pares ni siquiera se acercaron.
El segundo legado, el extramusical, refiere a su espiritualidad. (...) Y va mucho más allá de que quien esté leyendo estas líneas cultive algún tipo de espiritualidad o ninguna, ya que el valor intrínseco de ese legado es la indestructible correlación de intención-pensamiento-palabra-acción. Lo que se conoce como “vivir y morir bajo su propia ley”.
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